De la autocomplacencia a los caprichos de nuevo rico

La afición del Atlético de Madrid, o al menos una parte de la misma –que no es conveniente generalizar-,  ha sufrido una transformación brutal en los últimos años, producto del rendimiento que ha ofrecido el equipo en la etapa de Simeone al frente del conjunto rojiblanco. Se ha acostumbrado al caviar, al éxito, a pelear por todos los títulos, a ver al Atleti en la cima de los clubes más potentes del viejo continente. Ese hecho, que es más que positivo, se convierte en un problema cuando uno olvida lo que ha dejado atrás: el kilométrico desierto anterior a la llegada del Cholo.

Y eso es lo que percibo desde hace tiempo en la hinchada rojiblanca, que lejos de valorar lo que está consiguiendo el Atleti con Simeone al mando, le exige de manera desmedida, como si su obligación fuera conquistar todos los títulos. Lo noto en el Metropolitano, donde es habitual escuchar a compañeros de abono defenestrar al Cholo y menospreciar a la plantilla; y también en las redes sociales, donde muchos aficionados utilizan un modo sumamente destructivo para dirigirse hacia un equipo que, pese a jugar bien a fogonazos, tener menos gol que el Escalerillas y la plaga de lesiones que sufre, está más que vivo en la pelea por todas las competiciones.

Es como si el eslogan que se envía, un  día sí y hoy otro también, desde los panfletos y emisoras de radioaficionados deportivos, de que el Atleti tiene un “plantillón”, debe jugar mucho mejor al fútbol y es favorito –que no es lo mismo que aspirante- a todos los títulos, hubiera calado entre la hinchada.

Sinceramente, tampoco me sorprende. Solo hay que analizar el comportamiento de buena parte de la afición en los últimos 30 años para darse cuenta de que ha sido de todo menos coherente. Tragó con una apropiación indebida del club, no exigió la marcha de aquellos que se hicieron con el Atlético de manera ilegítima, ha consentido las continuas mentiras de la familia Gil y Cerezo, los cientos de proyectos deportivos vacíos de contenido y repletos de humo, una deuda histórica, y los cambios innecesarios de estadio y de escudo.

En apenas siete años, ha pasado de que le diera absolutamente igual todo y acudiera al estadio a reírse de la plantilla (habitual en las etapas de Manzano, Ferrando y Aguirre), a exigir al Atlético como si tuviera las mismas obligaciones que Real Madrid o Barcelona, por poner un ejemplo de dos clubes que triplican el presupuesto de los rojiblancos.

Ya no sirve que el Atleti esté, en el mes de diciembre, tercero en Liga, a tres puntos del liderato; y clasificado para octavos de final tanto en Champions como en Copa del Rey. Con mucho por mejorar, eso sí, pero con todas sus opciones intactas.

Por eso mismo, me cuesta comprender cómo se ha podido pasar de la autocomplacencia de no hace ni diez años a los caprichos actuales de aquel que se siente un nuevo rico.

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