Cuando el raciocinio te abandona

Olvidemos por un momento que Jesús Gil padre y Enrique Cerezo se apropiaron indebidamente del club y cometieron un delito de estafa, tal y como atestigua una sentencia del Tribunal Supremo. Olvidemos la pésima, nefasta, abominable gestión que han llevado a cabo a lo largo del último cuarto de siglo.

Centrémonos sólo en valorar lo deportivo, lo que ha acontecido en los últimos años a la orilla del Manzanares y ha originado un notable y preocupante declive del Atlético de Madrid. Porque, contrariamente a lo que piensan aquellos que acusan a la oposición de criticar a los Giles y Cerezos por razones personales, existen argumentos deportivos más que sólidos para desmontar las tesis de los que defienden lo que es indefendible de por sí.

Olvidemos también que el Atlético carece de proyecto deportivo, que es un club orientado a negocio para lucro particular de sus dirigentes. Dejemos todo eso a un lado. El sector ‘Gilista’ sostiene, desde el pasado día 9, que la gestión de Gil Marín y Cerezo se justifica con las dos Europa League y la Supercopa de Europa logradas en un margen de tres campañas. No seré yo el osado que reste méritos a esas conquistas europeas, pero la realidad es que los equipos grandes, los verdaderamente grandes, basan su estructura en su liga nacional.

No digo tampoco que el Atlético haya dejado de ser un grande; lo es por presupuesto, historia, títulos, la afición que le apoya incondicionalmente (olvidemos momentáneamente su flagrante falta de exigencia) y el tremendo seguimiento televisivo que despiertan sus partidos. Pero sí es cierto que en la Liga, el Atleti acumula cerca de dos décadas sin ser un grande.

Desde la temporada del ‘Doblete’, la 1995/1996, el equipo rojiblanco no sabe lo que es acabar un campeonato de la regularidad entre los tres primeros de la clasificación, y sólo dos veces en 17 años ha concluido su participación en cuarto lugar. Un bagaje demasiado pobre como para pretender ‘laureles’ mayores, porque como se puede comprobar en cualquier Liga europea, los grandes clubes de la Champions, los que optan al título o al menos a alcanzar las rondas finales, también dan la talla en sus respectivos campeonatos nacionales.

En el Atleti, la casa se construye empezando por el tejado. En la Liga, el conjunto colchonero está abonado a la mediocridad; mientras que en Europa muestra el rendimiento que se esperaría de él en el campeonato ‘casero’. Una tónica insostenible a todas luces, porque los títulos conseguidos, pese a su brillantez, son producto de la casualidad (bendita casualidad, por cierto) no de un proyecto consolidado que siente sus bases y crezca en la Liga para ‘confirmar alternativa’ después en Europa. La lógica impera en la mayoría de clubes del ‘viejo continente’. En el Atlético no. La obsesión de sus gestores por el negocio ha exterminado el raciocinio.

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