Deseo contra negocio

El Atlético de Madrid es, posiblemente, el único club del mundo en el que la intención de los futbolistas que conforman la plantilla rojiblanca no tiene ninguna incidencia en su futuro profesional. Estamos cansados, hartos de escuchar esa manida frase de ‘los jugadores juegan donde quieren jugar’, atribuible a Enrique Cerezo en multitud de ocasiones y que se convierte en meras palabras de cara a la galería cuando toca refrendarla con hechos.

En el Atleti, los futbolistas no tienen poder decisorio. Alguno pensará entonces que el Atlético es un ‘club NBA’, que su forma de actuar se asemeja a la de la liga profesional norteamericana de baloncesto. Para nada. En todo caso, el Atlético podría denominarse perfectamente ‘club BBVA’, y no por tratarse del patrocinador principal de la liga española, sino por el afán recaudatorio de sus gestores.

A la orilla del Manzanares, no hay en los últimos tiempos ni una estrella rutilante ni jugadores de nivel intermedio que puedan decidir su continuidad en la entidad. Algunos abandonan el Atleti a iniciativa propia (Kun, De Gea, Torres, Reyes); a otros, la mayoría, les obligan a marcharse (Forlán, Falcao, Ujfalusi, Jurado y probablemente Adrián, entre muchos otros), formando un carrusel de operaciones de entrada y salida que atascaría cualquier autovía del panorama nacional.

El Atlético se ha erigido en la antonomasia del club vendedor, que se desprende de sus mejores jugadores y también de aquellos que pese a no disponer de tanta calidad son piezas importantes en el engranaje del equipo. Y se desprende de ellos no por las dificultades económicas que aducen sus dirigentes, sino en virtud de la agencia de compra-venta de futbolistas en que Enrique Cerezo y Miguel Ángel Gil Marín ha convertido el Atlético de Madrid.  En la entidad colchonera, lo deportivo es accesorio, no es más que la excusa para todo lo demás. Y esa es la causa de que el negocio siempre termine imponiéndose al deseo.

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